Noé Silva Morales, con treinta y seis años, es un sheripiare, es decir un maestro curandero del pueblo asháninka. Nació en el alto Villarrica, Chanchamayo, en la selva central del Perú. Después de ser jefe de la comunidad nativa Incare, cerca del río Urubamba en la región de Ucayali, trabajó en diversos proyectos de etnobotánica y etnomedicina. Noé aportó los conocimientos adquiridos de sus ancestros a los registros y experimentos llevados a cabo en el jardín etnobotánico Koriwati en Pucallpa y al proyecto Minga, en Atalaya, donde se dedicó
a la elaboración de productos medicinales con base en
plantas amazónicas.
Sus acuarelas son un registro visual de sus vivencias
como sheripiare y de su inserción como pintor autodidacta en movimientos
de valorización de los conocimientos amazónicos. La nueva pintura chamánica
tiende puentes entre la experiencia indígena del uso de las plantas y el
consumo del chamanismo amazónico por parte de turistas e investigadores
nacionales y, sobre todo, extranjeros. Es un arte híbrido, nacido de la
conjunción del arte figurativo occidental, las artes plásticas indígenas y el
chamanismo basado en el uso ritual de diversas “plantas con poder” o “plantas
maestras”, especialmente, tabaco, ayahuasca y toé.
El surgimiento de pintores, como Noé, se ha dado gracias
a su apropiación de las técnicas representativas de la pintura figurativa y de
su instrumentalización cultural para plasmar sobre el lienzo o el papel las
visiones percibidas durante periodos de dieta, sueños y sesiones de ayahuasca.
Este arte es inseparable del público al que se dirige: típicamente personas de
fuera, ávidas por entender las cosmovisiones amazónicas y por llevarse a casa
objetos visuales que les permitan aproximarse a los estados visionarios de los
sabedores amazónicos y materializar algo del poder de transformación y curación
asociados al chamanismo.
Es decir, el
valor de la pintura chamánica no sólo reside en su apreciación estética, sino
en el magnetismo espiritual que transmite y las pistas de información esotérica
que contiene codificadas en una simbología mística propia de cada artista. Definitivamente
híbrido, el arte visionario chamánico en el Perú se consagró con la obra de
Pablo Amaringo, un mestizo amazónico conocedor del ecléctico chamanismo vegetalista
de las poblaciones ribereñas e indígenas cristianizadas, quien dirigió en la
ciudad de Pucallpa una escuela de pintura, iniciada en colaboración con el
antropólogo colombiano Luis Eduardo Luna, y produjo espectaculares lienzos en óleo
y acrílico, mostrando el inagotable imaginario visual de sus experiencias
visionarias (Luna y Amaringo 1991). Otros exponentes del arte chamánico también
se han desarrollado en torno a personas o instituciones que han permitido a los
artistas, por lo general autodidactas, acceder al mercado del arte. Tal es el
caso de los pintores indígenas reunidos por el Programa de Formación de
Maestros Bilingües de la Amazonia Peruana (Formabiap) o por los talleres de
arte popular de Pablo Macera en la Universidad Mayor Nacional de San Marcos (Lima), así como de los pintores indígenas y
mestizos que abastecen la creciente demanda del turismo chamánico en Iquitos y
Pucallpa .
Un rasgo común a la mayoría de las obras de pintura
chamánica es la composición narrativa de los cuadros, representando escenas y
seres espirituales y, al mismo tiempo, por medio de figuras, contando historias
o explicando aspectos de las cosmovisiones y los estados visionarios chamánicos
(Belaunde 2008). Por un lado, esta narratividad responde a la finalidad de facilitar visualmente la
introducción de los compradores en el universo chamánico del pintor. Por otro,
las escenas que se muestran y las historias que se cuentan son testimonios
personales de las experiencias visionarias del pintor. Si bien las imágenes
intentan traducir visualmente aspectos de su universo cultural, familiar y
ancestral, que varía según el pueblo indígena o la procedencia ribereña o
mestiza, las pinturas presentan también préstamos y mixturas culturales que
reflejan la trayectoria personal del pintor, su proceso de adquisición de
conocimientos chamánicos, sus maestros, sus viajes y sus encuentros con
personas y seres espirituales, en el bosque, el río, la ciudad y el cosmos.
Se trata, por tanto, de pinturas testimoniales donde la
narrativa de las composiciones permite, justamente, expresar la singularidad
del recorrido personal del pintor en un mundo actual y móvil, donde asháninkas,
shipibo-konibos, boras, uitotos, cocamas, awajúns, ribereños y mestizos, y
viajeros de todo tipo, nacionales y extranjeros, transitan y experimentan entre
diversos universos materiales y culturales por medio del uso ritual de las
plantas. Con algunas excepciones, la mayoría de los pintores son hombres,
debido a que, en la Amazonia peruana,
el chamanismo suele ser un camino de búsqueda personal seguido principalmente por varones.
el chamanismo suele ser un camino de búsqueda personal seguido principalmente por varones.
La composición narrativa de las pinturas pone de
manifiesto también la transformación de la oralidad a la escritura en los
procesos de comunicación indígena (Belaunde 2010). A menudo, el pintor suele
acompañar sus cuadros con pequeños textos que explicitan sus significados y
permiten descodificar, por lo menos en parte, la simbología visual para
aproximarse al contenido esotérico. La mayoría de los pintores de arte
chamánico son buenos narradores y escritores.
Cuando exponen sus obras en salas de arte en las
ciudades, suelen escribir textos más elaborados, y algunos pintores han
publicado libros de cuentos ilustrados (Macera et al. 2010,
Yahuarcani 2010). Por medio de la combinación de la imagen y la escritura, la
riqueza de expresión y el poder evocativo de la narración testimonial indígena
es re-escenificada, plasmada visual y verbalmente. De esta manera, el paso de
la oralidad a la escritura está mediado por la configuración de una nueva
plástica híbrida, nacida de la incidencia del mundo urbano sobre la Amazonia, y
viceversa, donde la subjetividad, el multilingüismo y la vocación estética de
los pintores-autores son los vectores de la creación y de la experiencia chamánica.
La necesidad de entender la historia contada por el
cuadro es compartida por pintores y compradores, quienes, casi infaliblemente,
suelen preguntar qué significa la pintura y se muestran tan fascinados por las
explicaciones del pintor como por su obra plástica. Es decir, existe consenso
entre pintor y comprador que las obras indican otras realidades, como puertas
abiertas hacia ámbitos alternativos que invitan a un viaje no sólo en el
imaginario sino en un cosmos multidimensional.
En su liminalidad, las pinturas chamánicas transgreden
las fronteras materiales y subvierten el orden hegemónico que excluye a la
población indígena amazónica, postergándola en los más bajos escalones
socioeconómicos del país. Es cierto que los pintores de arte chamánico suelen
tener poco poder adquisitivo y los compradores, nacionales o extranjeros,
suelen pertenecer a estratos socioeconómicos más dominantes, pero el pintor es
quien posee la experiencia personal de otros mundos y puede facilitar la
entrada en ámbitos alternativos de existencia. En este caso, el subalterno es
quien se expresa y se posiciona como el sujeto de poder.
El carácter testimonial de las pinturas intensifica su
fuerza de transgresión puesto que afirma
la veracidad fidedigna de las escenas y los seres representados sobre el lienzo o el papel. Siempre cabe la duda de si las pretensiones testimoniales son falsas, si el pintor es un charlatán, si abusa de la credulidad de los espectadores y compradores; pero esa duda es en sí transgresora, porque inquieta al sugerir, sin dar una respuesta definitiva, que podrían existir realidades alternativas en las que se transmitirían, manejarían y disputarían instrumentos de curación y enfermedad ajenos a las jerarquías, las tecnologías y las finanzas de la medicina y la farmacéutica oficial. En este sentido, la pintura chamánica es subversiva. Es un arte de los subalternos (Spivak 1988) que requiere acomodarse a los patrones figurativos occidentales para dar a conocer su voz y complacer a los compradores; pero que habla sobre órdenes de vida y muerte que escapan del control de quienes imponen el régimen del capital financiero. Hay algo irónico en este arte que afirma y, al mismo tiempo, desacredita la hegemonía de aquellos que desacreditaron la autoridad y los saberes de los pueblos indígenas amazónicos. Este residuo de libertad, que se pliega pero también burla el orden dominante, no consiste en una resistencia indígena colectiva sino en la vivencia personal y el testimonio visual y verbal del sujeto que hace uso ritual de las plantas.
la veracidad fidedigna de las escenas y los seres representados sobre el lienzo o el papel. Siempre cabe la duda de si las pretensiones testimoniales son falsas, si el pintor es un charlatán, si abusa de la credulidad de los espectadores y compradores; pero esa duda es en sí transgresora, porque inquieta al sugerir, sin dar una respuesta definitiva, que podrían existir realidades alternativas en las que se transmitirían, manejarían y disputarían instrumentos de curación y enfermedad ajenos a las jerarquías, las tecnologías y las finanzas de la medicina y la farmacéutica oficial. En este sentido, la pintura chamánica es subversiva. Es un arte de los subalternos (Spivak 1988) que requiere acomodarse a los patrones figurativos occidentales para dar a conocer su voz y complacer a los compradores; pero que habla sobre órdenes de vida y muerte que escapan del control de quienes imponen el régimen del capital financiero. Hay algo irónico en este arte que afirma y, al mismo tiempo, desacredita la hegemonía de aquellos que desacreditaron la autoridad y los saberes de los pueblos indígenas amazónicos. Este residuo de libertad, que se pliega pero también burla el orden dominante, no consiste en una resistencia indígena colectiva sino en la vivencia personal y el testimonio visual y verbal del sujeto que hace uso ritual de las plantas.
El trabajo de Noé Silva Morales se distingue de los
demás por tratarse de uno de los pocos que pinta visiones chamánicas con
acuarela sobre papel. Estos son los materiales que sus pocos medios económicos
le permiten comprar, pero también, los que él prefiere para producir los
efectos de espacio, transparencia,
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FAMITOURS



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